26 agosto, 2016

Ficciones verdaderas


Entrevista de Alejandro Duchini, publicada en "La voz del interior".



La nueva novela de Eduardo Berti, titulada Un padre extranjero y publicada por Tusquets, se enfoca en un tema sensible y universal. Las páginas en las que recuerda a la muerte de su padre son como espejos en los que cualquiera que haya sufrido la misma pérdida puede reflejarse. Y aquellas otras en las que se refiere a secretos familiares, también, porque en toda familia hay silencios que significan demasiado.

Lo que tal vez sea una sorpresa es el protagonismo de Joseph Conrad, el marinero polaco que se transformó en un escritor clásico de la literatura inglesa, con novelas como El negro del Narciso, Lord Jim o El agente secreto. No se trata, justamente, de uno de los escritores más mencionados en la Argentina. En el caso de Berti, como explica desde Francia, lo que lo une al autor de El corazón de las tinieblas es la admiración personal. Dice que en su nueva novela se dio el gusto de escribir sobre temáticas que lo seducen.

-¿Por qué elegiste a Joseph Conrad como uno de los personajes principales en "Un padre extranjero"?

-Siempre me gustó Conrad como escritor, pero llegué a él como personaje un poco por casualidad. Estaba leyendo las memorias de Jessie Conrad, su esposa, y ahí me topé con un detalle curioso: la historia de un lector medio loco que quiso asesinar a Conrad convencido de que Conrad se burlaba de él en un cuento llamado "Falk". Esta anécdota, que en el libro de Jessie ocupa muy pocas líneas, me empujó a escribir varias páginas. Mientras las escribía, recuerdo, sin saber si estaba escribiendo el inicio de una novela o un relato, me pregunté por qué me fascinaba tanto esta historia. ¿Qué me incitaba a escribirla? Por supuesto, me dije, el vínculo entre lector y autor o entre realidad y ficción. Pero después entendí que existían varios elementos en común entre la historia personal de Conrad y la historia de mi padre: dos extranjeros que llegaron a su nuevo país hablando mal el idioma local, que aprovecharon el exilio para reinventarse y que se casaron con una mujer nativa y mucho más joven, una mujer que sabía pocas cosas de su pasado...

-Al principio de la novela recordás que tu papá decía que iba a morir antes que tu mamá. ¿Ahí se cifra lo incierto que es el destino? 

-Nada mejor para confirmar lo incierto del destino que un extranjero que termina viviendo a miles de kilómetros de su ciudad natal sin haberlo imaginado cuando era niño o de un marinero cuyo primer idioma era el polaco y su segundo idioma era el francés y que acaba convertido en un gran escritor de lengua inglesa. Mi padre era 10 años mayor que mi madre. Por lo tanto, a él le parecía normal y previsible morir antes que ella... Pero todos sabemos que la vida es compleja e imprevisible y que se rebela contra esta clase de razonamientos lógicos. De esos elementos imprevistos se nutre la literatura y la ficción en general: de nuestras ilusiones, de nuestras certezas, de nuestras necesidades y de lo frágiles e inciertas que son. La literatura nos suele hablar de casos singulares, mostrándonos que las cosas pueden ser de muchas otras maneras. Que lo que se presenta como natural o inevitable no es, en muchas ocasiones, más que una forma aceptada de fantasía.

-Tu papá tenía una manera particular de contarte sus secretos. ¿En qué medida esas revelaciones influyeron en la escritura de esta novela?

-Creo que esos secretos y, más aún, la forma que mi padre tuvo de callarlos y de contarlos poco a poco, con enorme reticencia, influyeron muchísimo en mí. No sólo en la escritura de esta novela, sino en otros aspectos. Una de las cosas que más me sorprendió tras la muerte de mi padre fue que uno de los secretos que él no llegó a contarme en vida, y que yo descubrí después, investigando, aparece como cifrado o presentido en mi primera novela, Agua, que publiqué hace casi 20 años. Me pregunto qué habrá pensando mi padre cuando la leyó y vio que uno de los personajes principales hacía allí, en esa ficción, algo que él había hecho antes en la vida real, pero que yo ignoraba...

-¿Qué secretos descubriste de Conrad mientras escribías "Un padre extranjero"?

-En términos de secretos o de datos poco conocidos, lo más interesante parece estar en la etapa de Marsella... Sus primeros tiempos como extranjero. El comienzo de su vida como marinero. Y su vínculo con Thérèse Chodzko, una joven que se suicidó de manera algo misteriosa y cuya muerte algunos biógrafos han querido conectar con un posible intento de suicidio de Conrad. En mi novela, un experto en la obra de Conrad aventura la teoría de que la tal Thérèse es el gran secreto. Un ideal femenino que aparece, omnipresente, en toda su obra: en varias mujeres que él bautiza Thérèse, en el reiterado suicidio con que Conrad troncha la vida de varios personajes...

-¿Está bien decir que vas en esta novela tras los pasos de tu padre y, al mismo tiempo, tras los de Conrad?

-Son pasos mezclados, con capítulos que pendulan entre otra y otra historia, más unos capítulos que tienen algo de making-of... El narrador de la novela es alguien que quiere escribir una novela con Conrad como personaje, pero a quien se le interfiere todo el tiempo la figura de su propio padre. El fantasma y el recuerdo de su padre, podríamos decir. En cierto sentido, el narrador cree que va tras los pasos de Conrad y descubre que, lo quiera o no, está yendo sobre todo tras los pasos de su padre.



La versión completa, aquí:

http://www.lavoz.com.ar/numero-cero/eduardo-berti-suelo-buscar-mas-preguntas-que-respuestas

15 agosto, 2016

Cosas que me hacen pensar en Borges



El personaje hitchcockiano de Mr Memory, que aparece en la película Los 39 escalones (1935) interpretado por el actor Wylie Watson y se basa, a la vez, en un circense antepasado de Funes: un tal William James Maurice Bottle (1875-1956), apoodado « Datas: The Memory Man ».


Paul Valéry explicando por qué nunca escribiría una novela (y su espanto ante frases como “la marquesa salió a las cinco”); ciertos editores explicando por qué conviene y es casi obligatorio publicar novelas.

Los libros imaginarios en la obra de Stanislaw Lem.


El verbo “orillar”.


Los casos clínicos que presenta Olivier Sacks, entre los cuales podría estar perfectamente el de Funes.


Macedonio Fernández sosteniendo que los gauchos eran un entretenimiento para que los caballos del campo no se aburrieran.


Gabriel Zaid escribiendo que en el Corán sí hay camellos (diecinueve, para ser exactos) y la certeza de que la frase de Borges sigue siendo, pese a ello, genial.


Un breve apunte de Anton Chéjov, en sus Cuadernos de notas, sobre un hombre que, a pesar de haber ganado una fortuna en el juego, se suicida, episodio que Ricardo Piglia cita en su “Tesis del cuento” y me trae a la memoria un fragmento del notable prólogo a La invención de Morel: “Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado hasta el hastío que nada es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o humildad…”.


Las listas de Sei Shonagon en su Libro de la almohada («cosas deprimentes», «cosas desagradables», «cosas que suscitan una profunda memoria del pasado», «cosas que deberían ser de gran tamaño»), las listas de su precursor Li Yi-chan ("cosas inoportunas", "cosas vanas", "cosas inadmisibles ), las enumeraciones a lo Walt Whitman, las enumeraciones que tanto fascinaban a Georges Perec.


Los traductores literarios que a la ideología de la fidelidad extrema a “las palabras” del original anteponen la fidelidad a “los impactos” del original  y la idea (expuesta en forma explícita por Aline Schulman en su versión francesa del Quijote) de que un traductor “modernizante” es un “anti-menard” porque echa mano a frases “verbalmente diferentes” para restituir la singularidad de la obra y los efectos de su recepción.


La zoología fantástica y los “seres imaginarios”.


El empleo popular e inconsciente de ciertas formas de “hipálage”; la persona que me dijo que a su hija “se le veían las vergüenzas” en vez de decirme que estaba desnuda o semidesnuda, lo cual es otro modo de “fatigar las calles” o “fatigar las bibliotecas”.



El “mot juste” de Flaubert y el disgusto de Borges por el empeño de Leopoldo Lugones en “ser original” y recurrir más de la cuenta a adjetivos o verbos “inesperados”, a cierto “barroquismo” o a laboriosas metáforas, “tan visibles que obstruyen lo que deberían expresar”. Dicho de otra manera: por buscar el “mot surprenant” en vez del “mot juste”.


La fantástica imagen de la luna que rueda por la avenida Callao ("Balada para un loco", 1969, de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer), más o menos esbozada, cuarenta y cuatro años antes, en el poema "A la calle Serrano".


Los « inspectores de aves de corral ».


Los gatos cuando se miran en « la lúcida luna del espejo ».


Witold Gombrowicz diciendo, más o menos, que cuando uno nació en Polonia no tiene sobre su cabeza el peso imponente de una tradición maciza como le ocurre a un escrtor nacido en Francia o Inglaterra, lo cual es casi otra versión de « el escritor argentino y la tradición ».


El goce de perderse en la lectura de viejas enciclopedias.


Bouvard y Pécuchet y el lazo que hace Alan Pauls entre ellos y Sivina Ocampo cuando recuerda a Bioy y Borges escribiendo entre carcajadas "esa deslumbrante enciclopedia de idiotas que son las Crónicas de Bustos Domecq”.


Et si les œuvres changeaient d'auteur ? (2010), libro en el que Pierre Bayard imagina a Balzac como el autor de La cartuja de Parma y hasta explica las razones por las cuales Nietzsche escribió Los hermanos Karamazov.


La búsqueda de una prosa concisa y Cortázar opinando: “La gran lección de Borges  no fue una lección temática, ni de contenidos, ni de mecánicas: fue una lección de escritura. La actitud de un hombre que, frente a cada frase, ha pensado cuidadosamente, no qué adjetivo ponía, sino qué adjetivo sacaba”


John Barth y la novela posmoderna en los Estados Unidos.


Las vidas imaginarias de Marcel Schwob y su influencia en J.R. Wilcock, en Vila-Matas, en Bolaño, en Jean Echenoz…


La Gioconda de Marcel Duchamp como posible obra de un Pierre Menard que no supo resistirse a dejar una pequeña huella personal : la fina sombra de un bigote y una especie de barbita.


Los hogares de clase media, en Buenos Aires, a mediados de los años setenta ; el hecho de que, aparte de la guía telefónica, casi nunca faltaba gran libro verde de Emecé con las obras completas.


El mundo de las letras y las artes en la obra de Henry James.


La espera y el tiempo en « El desierto de los tártaros », de Dino Buzzati.


El libro Œuvres (2002) de Edouard Levé y David Lodge cuando afirma que ciertas obras mejor imaginarlas (o hablar de ellas como si existieran) que realizarlas.


« Wakefield », de Nathaniel Hawthorne.


El premio Nobel de literatura que ganó Winston Churchill.


Virginia Woolf, Marcel Proust, Carlos Fuentes, Henry James, Vladimir Nabokov y otros escritores que nunca ganaron el Nobel.


Juan Villoro citando una (¿apócrifa?) tesis del cuento de Augusto Monterroso en la que puede leerse : « Los novelistas son aprendices de cuentistas, pero no al revés. El cuento no es la preparación para otro género”.



Los relojes de arena y Héctor Bianciotti escribiendo : « Borges murió muy lentamente y en silencio, como un reloj de arena que se vacía”.

La tarde en la que charlé con Bioy Casares y me contó cómo se enteró de la muerte de Borges : había salido a pasear, miraba distraídamente la mesa de novedades de una librería cualquiera, le dolía un poco la cabeza o algo por el estilo, un librero quiso conversar un rato, él se disculpó diciendo que no era un buen momento, el librero repuso « claro, con lo que ha ocurrido hoy » y, entonces, Bioy quiso saber : « ¿Qué ocurrió ? ».




Versión resumida del texto que escribí para el catálogo de la muestra Borges el mismo, el otro, que se lleva a cabo en la Biblioteca Nacional Argentina, Agüero 2502, Ciudad de Buenos Aires,  hasta diciembre de 2016.

La muestra permite conocer por primera vez los manuscritos de los más famosos cuentos, ensayos y poemas de Jorge Luis Borges. Se destacan especialmente los once folios pertenecientes a “Pierre Menard, autor del Quijote”. El conjunto de estos escritos recorre sus primeros poemarios, sus ficciones de la década del 40 y un ensayo sobre budismo de comienzos de los 50. Entre los cuentos, se expondrán: “Las ruinas circulares”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La forma de la espada”, “Tema del traidor y del héroe”, “Emma Zunz”, “La biblioteca total”, “El acercamiento a Almotásim”, “El último viaje de Ulises”, entre otros. 

A partir de mi texto, Laura Rosato y Germán Alvarez (curadores de la muestra) montaron un dispositivo interactivo con el que invitan a que el público participe, a través de twitter, diciendo qué cosas les hacen pensar en Borges. Dice el anuncio oficial:

Te invitamos a compartir por Twitter todo lo que en tu opinión remita a Borges y su obra. ¿Es un lugar? ¿Una situación? ¿Una sensación? Publicá usando el hashtag #esborgeano y si querés también compartí tus impresiones sobre esta muestra.



Más informacion:
http://www.cultura.gob.ar/agenda/borges-el-mismo-otro/


11 agosto, 2016

La patria secreta



Fragmento del extenso artículo que Fernando Krapp dedicó a "Un padre extranjero" el fin de semana pasado en Radar Libros, Buenos Aires. 


El blogspot que Eduardo Berti lleva adelante desde hace tiempo tiene un nombre simpático. Bertigo, se llama. Un juego de palabras bastante simple que esconde varias analogías. Podríamos definirlo como el mareo que produce un anacrónico blog perdido en la vorágine del diseño en la internet profunda o bien la búsqueda de Berti si le agregamos el verbo “go” en inglés hacia el final. O quizás haya algo hitchcockiano, también, por qué no, en referencia al film del gran Alfred con un James Stewart obsesionado por la figura misteriosa de Kim Novak, perdida en nubes onírico-coloridas, suspense psi y caídas varias. Y es que, sin recurrir al policial persecutorio, la búsqueda del narrador en Un padre extranjero, última novela de Eduardo Berti, esconde un juego similar de duplicidades, sutiles cambios de roles y desplazamientos geográficos.

El juego es uno de los núcleos centrales no solo en el libro sino en la búsqueda literaria del propio Berti. Hace unos años, y para su sorpresa, recibió una invitación para formar parte del grupo OuLiPo, aquel centro de experimentación lúdico-literaria francés, diseñado y fundado por Raymond Queneau, que agrupó durante varios años a renombrados escritores como Italo Calvino y George Perec. “Los del OuLiPo me invitaron a formar parte del grupo hace casi dos años, para mi gran asombro y alegría” dice Berti. “Yo nunca hubiese tenido el coraje de postularme y, por otra parte, si lo hubiese hecho jamás me habrían aceptado porque existe una regla interna según la cual toda persona que pide entrar al grupo jamás será cooptada. Siempre me sentí profundamente interesado por el juego literario. Creo que hay toda una tradición literaria en lengua española, Macedonio Fernández, Gómez de la Serna, Borges, Max Aub, Cortázar, Arreola, Wilcock, por citar algunos nombres, que siempre le prestó atención a lo lúdico, que es uno de los elementos centrales de Oulipo, pero no el único.”
 
El juego es lo que acerca también al narrador de Un padre extranjero con su objeto de narración; el misterio que esconde su padre exiliado de Rumania, cuya lengua materna permanece escondida en su fuero interno, y que, como un rompecabezas cuyas piezas encajan aunque la imagen que resulta sea pulida como un espejo, nuclea a un conjunto de historias, en apariencia disímiles, que bajo el conjuro del estilo de Berti van encontrando un sistema para su sentido. Berti señala que mientras escribía la novela pensó en ese gran lugar común que es la expresión «lengua materna». “Medité que cuando tomamos un lugar común y operamos por antítesis solemos tropezar con algo inquietante o extraño: en este caso, la idea de «lengua paterna», que es un título que llegué a barajar para la novela. Así como la expresión «lengua materna» parece más bien inclusiva (ese idioma que une a una comunidad), la expresión «lengua paterna» parece remitir más bien a algo exclusivo, a una especie de código secreto. Lo cual no deja de ser llamativo si consideramos que la primera expresión (lengua materna) suele vincularse con la idea de «patria»”.
 
El juego como lengua secreta y extranjera que acerca a un padre con un hijo es un tema central en varias narraciones del género “novela del padre”. Están los “juegos retóricos” que unen al padre con su narrador en Mi libro enterrado de Mauro Libertella. O las largas conversaciones por teléfono que el narrador Phillip Roth mantiene con su padre sobre béisbol en Patrimonio. A diferencia de estos dos ejemplos, y de varias de sus predecesoras, Berti no utiliza solamente el juego como un modo de comunicación o de acercamiento. Constituye el epicentro de su relato, el núcleo invisible. Ata los nudos narrativos de las diversas historias que constelan a su alrededor y que trazan de pasado a futuro (y del futuro al pasado) una potencial genealogía. “A mí siempre me gustó una idea que solía repetir Italo Calvino: las novelas también riman. A diferencia de la poesía, suelen hacerlo mediante una serie de guiños internos y leit motifs. La noción de leit motif es, acaso, una forma de generar un efecto de unidad. Más si a eso se le añade una especie de núcleo temático que aglutina todo: lo extranjero, la identidad, los límites entre ficción y realidad, el vínculo entre padre e hijo, etc. Por supuesto, yo no tuve todo esto ciento por ciento claro desde un principio. Igual que el narrador de mi novela, fui entendiendo muchas cosas a medida que escribía”.

La novela comienza con un funeral. A diferencia de lo que podríamos imaginar en relación al título, se inicia con la muerte de la madre del narrador. Esa muerte revela una nueva faceta en el padre. “La novela empieza con un entierro y termina con otro. Y el primer entierro es el de una madre que hacía un poco de ‘traductora’ o de puente entre el padre y el hijo. Una madre que, más aún, formó un bloque firme de silencio y complicidad con el padre en lo que atañe a los muchos secretos paternos. El narrador se pregunta en un momento de la novela, con todo el derecho del mundo, si la madre estaba al tanto de todos los secretos del padre. Es posible que ella ignorara algunos, pero es obvio que muchos otros los conocía”.

Al morir la madre, lo que se pierde es esa lengua “materna”.

–Muerta la madre, es cierto, hay una lengua que se perdió. Esa idea de lengua perdida o de “lengua fantasma” reaparece más de una vez en la novela. El padre ha dejado de hablar su lengua natal. El hijo, que es el narrador de la novela, no le ha oído pronunciar más de seis o siete palabras sueltas, en total. El resto es una lengua escondida, escamoteada. Hasta que un día, obligado por las circunstancias, el padre tiene que hablar en rumano delante del hijo. Y el hijo no puede dar crédito a lo que oye y a lo que ve. Porque el padre, puesto a hablar ese otro idioma que hasta entonces había callado, se revela como un extraño que hace gestos impensados con los labios, que emite sonidos raros... que, en suma, “dice cosas tan extrañas”.

Un padre extranjero traza puntos de contacto entre biografía y ficción, ¿cómo mantuviste la tensión entre invención y verosímil, y trabajar con materiales autobiográficos?

–Para mí fue muy novedoso poner en el centro de una novela elementos autobiográficos y elementos de mi historia familiar. Cuando empecé a escribir ficción, no me hubiese animado a algo así. Por pudor, sin dudas. Pero también porque en ese entonces estaba muy decidido a trabajar en clave imaginativa. En esta novela, en cambio, me decidí a trabajar con materiales personales, aunque me tomé muchísimas licencias. Hay muchas cosas inventadas en la novela. Desde luego, hay un punto de partida que es real: mi padre era extranjero, era rumano, era una «máquina de secretos» y nunca hablaba en casa su idioma natal, que era como una lengua sumergida, una lengua fantasma. Desde luego, hay muchos elementos reales. Los cuadernos, por ejemplo: es cierto que tras la muerte de mi padre yo me encontré una pila de cuadernos que contenían una novela escrita por él. Ahora bien, si realmente fueron seis, si realmente fueron de marca Rivadavia y si realmente esa novela es la misma que yo inserto dentro mi novela, eso es secundario. Y no tiene mayor importancia. Lo que importa, a mi entender, es el resultado final: es decir, si esos materiales (más o menos reales) funcionan bien dentro del libro. Si hacen que el libro funcione bien. Lo otro es anecdótico. 

La versión completa, aquí:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5903-2016-08-08.html

30 julio, 2016

Historias entramadas




En Un padre extranjero (Tusquets), su libro más autobiográfico, Eduardo Berti despliega distintas historias entramadas por cuestiones como la identidad y el vínculo entre padres e hijos, para crear una novela en la que las fronteras entre la realidad y la ficción son delgadas y móviles. El hijo extranjero, reflejo del padre extranjero, aparece en una ecuación que parece repetirse y que en el acto de narrar encuentra la hondura que sólo la ficción parece gestar.

Hace tiempo leí en las memorias de Jessie, la mujer de Joseph Conrad, una pequeña anécdota. Se trata de un lector medio chiflado que quiso matar al famoso escritor porque estaba convencido de que Conrad se burlaba de él en un cuento llamado "Falk". El caso me incitó a escribir un relato, aunque ignoraba si iba a tratarse de un cuento o de una novela. Terminé una primera versión que me dejó insatisfecho y en la que advertí que al tema del "lector asesino" se sumaba el complejo lazo entre Jessie y Joseph. Mientras releía, me pregunté por qué estaba escribiendo esa historia. No tardé en comprender que había varios elementos en común con la historia de mi padre: un extranjero que llegó al país hablando mal el idioma local, que no desaprovechó las oportunidades que brinda el exilio para "reinventarse" y que se casó con una mujer nativa y mucho más joven, que sabía pocas cosas de su pasado.

Un padre extranjero presenta, a grandes rasgos, cuatro historias. La historia de Conrad, su familia y su lector asesino según la va contando el narrador. La historia del narrador y de cómo va investigando y avanzando con su relato: una especie de making-of de la primera historia. La historia del padre del narrador y, digamos, de los aspectos de la vida y del pasado del narrador que tienen que ver con la historia de Conrad y compañía. Y, por último, insertados de vez en cuando, ciertos fragmentos de la única novela que llegó a escribir el padre del narrador.

Aunque Un padre extranjero es, de todos mis libros, el que presenta más elementos autobiográficos, se trata de una ficción en la que mezclo datos y elementos reales con otros totalmente ficticios. Recuerdo que cuando escribí mi primera novela, Agua, hace unos veinte años, sentía casi horror de contar mi historia: no solamente me daba pudor, sino que me parecía una tremenda obviedad empezar por ahí. Lo curioso del caso es que esa historia que yo creí inventar en Agua tiene muchísimos elementos en común con ciertas cosas de la vida de mi padre que, por entonces, yo desconocía por completo.

Son curiosos los ecos entre mi primera novela, en la que llego a "lo extranjero" (que equivale a "lo otro"), y esta nueva en la que "lo extranjero" (que equivale más a "la historia propia") parece funcionar como punto de partida. No menos curioso es que en Un padre extranjero hablo de una novela que mi padre se puso a escribir tras la muerte de mi madre. Una novela que, como Conrad, escribió no en su lengua natal, sino en su nuevo idioma. Una novela que, como él mismo llegó a decirme, se puso a escribir después de haber leído Agua; o sea, después de haber leído ese libro en el que yo narraba (en forma indirecta, intuitiva) una parte de su propia historia. Donde narraba, sin saberlo, uno de sus mayores secretos.

Me gusta cuando, en una novela armada como un rompecabezas, las piezas encajan de tal manera que parece inevitable. El armado es importante, no lo niego. Pero más importante, creo, es lograr el efecto de "unidad": que la convivencia entre las distintas historias no sea arbitraria, que haya un contrapunto eficaz que al lector le resulte atractivo y lógico. Esto también se logra mediante una serie de temas que estructuran la novela. Ahora bien, yo no fui consciente de estas cosas desde un principio. Lo mismo que el narrador de mi novela, fui entendiendo las razones y los motivos fundamentales a medida que iba escribiendo.

Publicado en Ideas (diario La Nación, Argentina)
Versión completa:
http://www.lanacion.com.ar/1920588-escribo-mis-novelas-para-saber-por-que-las-escribo

18 julio, 2016

La paradoja de Teseo



Una leyenda griega que recoge Plutarco:

"El barco en el cual volvieron Teseo y los jóvenes de Atenas tenía treinta remos, y los atenienses lo conservaban desde la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos sobre la identidad de las cosas: un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era."

09 julio, 2016

Bellos





Joan Fontaine, Saskia de Brauw, Catherine de Rambouillet, Charlotte Delbo, Rosa Parks, Daria Werbory, Sarah Kane, Kate Moss, Bianca Jagger, Catherine II de Russie, Catwoman, Rachida Dati, April March, Anne Sinclair, Karen Elson, Isabelle Eberhardt, Suvi Koponen, Lady Gaga, Juliette Greco, Angela Davis, Vivienne Weestwood, Maria Callas, Emily Di Donato, Janis Joplin, Nadia Boulanger, Karlina Caune, Carole Bouquet, Pannonica de Koenigswarter, Louise Michel, Britney Spears, Rosa Bonheur, Geneviève de Fontenay, Olivia Harrison, Katharine Hepburn, Bettie Page, Oum Kalsoum, Hana Jirickova, Catherine McNeil, Orane Demazis, Patricia Arquette, Laurie Anderson, Albertine Sarrazin, Catherine Ribeiro, Anja Rubik, Linda McCartney, Amanda Murphy, Cléo de Mérode, Karmen Pedaru, Elis Regina, Tina Weymouth, Lee Miller, Hana Jirickova, Frida Kahlo, Mata Hari, Hilary Rhoda, Shirley Temple, Gisele Bündchen, Leslie Kaplan, Emily Dickinson, Doutzen Kroes, Fanny Ardant, Lucie Aubrac, Dita Von Teese, Nathalie Stutzmann, Anita Pallenberg, Dalida, Hannah Arendt. Leni Rjefenstahl, Stella Barkcr, Madonna. David Pujadas, Madeleine Robinson, Karolina Kurkova. la Madelon, Caroline de Monaco. Claudia Cardinale, Danielle Casanova, Tilda Swinton, Monica Vıtti, Aretha Franklin, Caroline Loeb, Angelina Jolie, Annette Messager, Anaïs Nin, Pattı Smith, Léa Massari, Marie-Antoinette d’Autriche, Marguerite Duras, Nina Hagen, Eva Perón, Yoko Ono, Erin Wasson, Simone Weil, Magdalena Frackowiak, Rosa Luxemburg, Madame Récamier, Fifi Brin d’Acier, Chrissie Hynde, Natalia Vodianova, Inès de La Fressange, Mae West, June Carter, Emma de Caunes, Isadora Duncan, Malwida von Meysenbug, Germaine Tailleferre, Scarlett Johanson, Ronit Elkabetz son bellos.

"Histoire du masculin qui l’emporte"
Incluido en Salle des machines, de Jean-Michel Espitallier, Flammarion.

07 julio, 2016

Entrevista sobre "Un padre extranjero"




Entrevista de Claudia Lorenzón, para la agencia Télam (Argentina)

El enigma, la extranjería, la paternidad y el maravilloso aunque arduo oficio de escribir se conjugan en "Un padre extranjero", la nueva novela de Eduardo Berti, inspirada en la historia de su padre rumano que decidió exiliarse en la Argentina, y en la vida de Joseph Conrad, el escritor y marinero de origen polaco, que a fines del 1800 se vio impelido a vivir en Inglaterra.

Jugando sobre una la delgada línea entre realidad y ficción, Berti construye una novela atrapante que gráficamente puede compararse con un abanico que se abre a partir de la historia central del protagonista: un escritor argentino, de apellido Berti, que decide vivir en Francia, emulando a su padre, que llegó a la Argentina como exiliado rumano, quien antes de que su hijo emprenda el viaje, le confiesa que está escribiendo una novela.

A la vez, el protagonista está inmerso en la historia de un escritor y marinero polaco -Jósef- que vivió en Inglaterra, y cuya experiencia tiene similitudes con la condición de extranjero de su padre. Ambos guardan secretos, ambos aparecen enigmáticos a los ojos de sus familias, como una gran metáfora de todo lo que encierra el que llega desde afuera y como una gran metáfora de la extrañeza que puede guardar, a veces, quien nos es cercanamente familiar.
Autor de "La mujer de Wakefield", "La vida imposible", "Todos los Funes" entre otras, Berti confiesa en una entrevista con Télam que "Un padre extranjero" (Tusquets) es "el más autobiográfico" de sus libros, y explica: "Hay una base de hechos verídicos, pero los detalles son en gran medida imaginados y otros hechos directamente no ocurrieron".

¿Cuál fue la idea que dio origen a esta novela?
Por un lado, tres elementos ligados a mi vida. El primero, que tras la muerte de mi padre descubrí que él había dejado varios cuadernos con una novela que escribió en sus últimos años. Yo sabía que él había empezado a escribir una novela, pero ignoraba que hubiese avanzando tanto. El segundo elemento, que en sus últimos años mi padre me confió un montón de secretos que había guardado hasta entonces: secretos sobre su pasado, secretos ligados a su identidad y a sus orígenes porque él había nacido en Rumania y llegó a la Argentina cuando tenía alrededor de 22 años. Lo último, que tras la muerte de mi padre seguí descubriendo otros secretos y, desde luego, me fue imposible no leer su novela en busca de datos o de mensajes en clave. Hacía tiempo que quería escribir acerca de todo esto, pero no sé, no me convencía, no terminaba de hacerlo. Todo cambió cuando me topé, por azar, con un episodio poco conocido en la vida de Joseph Conrad. La historia de un viejo marinero alemán que está convencido de que Conrad se burla de él en un cuento llamado "Falk" y que, para vengarse, decide matar al escritor. Es difícil de explicar cómo se combinaron dos cosas tan diferentes. Pero una historia y la otra se pusieron en ruta, como si se retroalimentaran.

¿Cuánto tiene de autobiográfico el libro?
 "Un padre extranjero" es, sin ninguna duda, el más autobiográfico de mis libros. Nunca antes yo había echado mano a tantos elementos de mi propia biografía o de mi historia familiar. Es más, salvo en "La sombra del púgil" donde empleo algunos elementos, pero en forma más sesgada, siempre tuve el impulso contrario. Me ocurrió, por ejemplo, con mi primera novela, "Agua", donde quise evitar tanto el relato autobiográfico como el relato generacional y entonces hice una especie de doble fuga: ambientándola en el pasado y en un país extranjero. Lo curioso, como cuento en "Un padre extranjero", es que yo estaba convencido de estar haciendo una novela de pura invención y años más tarde descubrí que, sin querer (o más inquietante aún, como si yo supiese ciertas cosas de modo intuitivo), "Agua" cuenta en clave uno de los secretos de mi padre. Un secreto que por entonces, hace casi 20 años, yo ignoraba.



Más allá de la tradición literaria que hay sobre la figura del padre ¿por qué te interesó escribir una historia donde se jugara el vínculo padre-hijo?
En el año 1998 yo tomé la decisión de irme a vivir un tiempo a Francia. En su momento pensé que lo hacía por curiosidad y por espíritu aventurero, pero pronto comprendí que también buscaba conocer la ciudad donde mi padre había pasado sus últimos años antes de emigrar a Argentina. Cuando mi padre murió y descubrí sus cuadernos (los cuadernos con su novela), me fue imposible no pensar que durante uno o dos años hubo entre él y yo una especie de trueque de vidas: él se había convertido en escritor y yo me había convertido en extranjero. Todo esto me resultó muy inspirador a la hora de ponerme a escribir. Otra cosa que me tentó fue que mi padre dejó muchos secretos a medio revelar y muchas preguntas abiertas, sin responder. Me tentó ponerme a inventar respuestas desde la escritura. A novelar mis fantasías o mis hipótesis.


La versión completa de la entrevista, acá:

http://www.telam.com.ar/notas/201607/153686-eduardo-berti.html

 

05 julio, 2016

Escribir según Marcel Bénabou


De todos los hechos oscuros, o en cualquier caso mal aclarados, de mi pasado, el más sorprendente para mí todavía sigue siendo éste: ¿por qué creí un día que tenía que escribir?

Una cosa está clara sin embargo: el deseo de escribir ha ido envejeciendo conmigo y ha sobrevivido a las circunstancias cambiantes de mi vida. Soterrado quizá desde la cuna, no se ha escabullido con los fantasmas familiares de la infancia; ha sabido moldearse, adaptarse a las dolencias de una demasiado dócil adolescencia; después, sorteando por los pelos el peligro de quedar sofocado por el prolongado periodo de estudio, ya no pudo ser erradicado, ni siquiera con la árida práctica de la erudición.

Durante la infancia adquirí la afición por las palabras y el deseo de empalmarlas, y también de allí saqué espontáneamente los temas de mis primeros pinitos literarios. Por lo tanto, la infancia proporcionó a mi escritura lo esencial de sus motivos, en el doble sentido de la palabra. Pero esta vinculación por partida doble de la infancia con la escritura, que manifiestamente dimana de dos formas distintas de proceder, ha acabado por coagularse para fundirse en un magma único en mi memoria. Hasta el punto de que ya no sé lo que les debo directamente a mis experiencias de niño y lo que ha sobrevivido después.




Darle un rostro a eso mismo que constituye el objeto principal de mi temor (escribir o no), ¿podría ser ése acaso el medio de evadirse -por poco que fuera- del círculo del estupor y la parálisis? ¿Un paso tal vez hacia una forma menor de dominio? El propio Proust parece obsesionado por la idea de que no va a poder escribir su libro, y a fuerza de repetir ese temor va avanzando en su propia historia".

Escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular.

Todas las citas pertenecen a Por qué no he escrito ninguno de mis libros, de Marcel Bénabou. Editorial Anagrama, traducción de Thomas Kauf, 1994.

Para seguir leyendo un poco más:
http://eternacadencia.com.ar/blog/contenidos-originales/subrayados/item/por-que-no-he-escrito-ninguno-de-mis-libros.html




13 junio, 2016

Un padre extranjero



Mi nueva novela se llama "Un padre extranjero" y acaba de ser editada en Argentina por Tusquets.

Habrá, en las próximas semanas, otras ediciones en América Latina (México y Colombia, también por Tusquets) y en octubre próximo saldrá en España, bajo el sello Impedimenta.

Dice el texto de la contratapa:
 
Dos padres y la relación silenciosa, casi ausente, con sus respectivos hijos: varones y únicos. Dos familias que intentan comprender el misterio del padre extranjero. Inmigrantes que deciden reinventarse lejos de la tierra natal, donde deben aprender otra lengua. Escritores que leen la obra de otros y, a partir de ella, buscan desentrañar algún misterio de sus propias vidas. Secretos guardados bajo llave y difíciles de compartir.
La ficción y el relato autorreferencial son los pilares de esta historia que se bifurca, de esta novela que parece combinar resultado final con making of y que reinventa –en clave ingeniosamente literaria– la tradición de la «novela del padre».
Nada es casual ni arbitrario en "Un padre extranjero", de Eduardo Berti: la trama -emotiva, divertida, compleja– muestra una combinación perfecta de detalles. La escritura se desliza con una exquisitez que el lector agradece.

11 junio, 2016

El sexo de las ciudades



Se suele hablar de las ciudades en femenino –comentó–, pero es un monstruoso error hacerlo como regla general. ¿Florencia es del mismo sexo que Nueva York, que Chicago? Al lado de estas dos ciudades, es una dama perfecta; frente a ella uno se siente como un adolescente en presencia de una mujer hermosa. 

Henry James, "La Madonna del futuro"

09 junio, 2016

Infancia




Todo gran novelista, aun si es tan sofisticado como Austen o Henry James, comparte con Dickens el poder de hacernos leer como si pudiéramos regresar a la infancia.

Harold Bloom, "Cómo leer y por qué"